Meses atrás, empezando a planificar lo que iba a ser éste verano de 2010, hablé con un amigo mío, Guillermo, acerca de qué podíamos hacer según acabásemos los exámenes. Se nos ocurrió hacer el Camino de Santiago en bici. Teníamos tan solo una semana, así que calculando sin tener mucha idea, decidimos salir desde Burgos. Unos 500 kilómetros (un poco menos) para llegar a la famosísima Catedral.
Una vez acabada la temporada y ya de vuelta en Madrid, salimos algunas tardes a montar. Tendríamos que hacer unos 80 kilómetros cada día, llevando las alforjas, por un camino muchas veces traicionero y sin tampoco haber hecho muchísimo ciclismo a lo largo de nuestra vida. Un reto atractivo que teníamos ganas de superar.
Una vez todo listo y preparado, tras algunos viajes a Decathlon y haber rodado por nuestro barrio con las alforjas llenas para simular a la realidad de la forma más exacta posible, cogimos un autobús a las 7 de la mañana del sábado 19 de Junio.
Llegamos a Burgos antes de las 10. Montamos de nuevo la rueda delantera (desmontada anteriormente para que viajase en el autobús) de la bicicleta, nos pusimos casco, guantes y gafas, y empezamos los primeros metros del Camino.
Siendo año santo, teníamos un poco de miedo por la gran afluencia de peregrinos que pudiese haber, ya que los peregrinos a pie tienen preferencia sobre los que van a bici a la hora de obtener sitio en los albergues, y más o menos nos habíamos hecho a la idea de tener que dormir alguna noche al aire libre. Sin embargo tardamos bastante tiempo en encontrar a algún peregrino, y cuando lo hicimos fue un grupo grande de personas que pertenecían a alguna iglesia.
El Camino en bici y el Camino a pie no tienen nada que ver. La verdad, a mí, hoy por hoy, me costaría mucho realizarlo andando. Hay que contar con una fuerza de voluntad grande, con paciencia, tiempo, y con ganas de conocerte a ti mismo. Porque el Camino deja mucho tiempo para pensar. Informándome un poco, el Camino se realiza en muchas ocasiones por motivos muy duros, como puede ser la perdida de un ser querido, un divorcio, una enfermedad...
Y así pude ver a gente andando, muy metida en sí misma, seguro dándole vueltas a temas que para ellos cobraban una gran importancia y que intentaban comprender o aceptar por medio de la peregrinación. Chapeau por ellos.
Tras perdernos un par de veces (como buenos novatos que éramos), surgió lo que fue el primero de muchos problemas. Mi bicicleta era ya mayor, y lo demostró a la perfección. De repente empecé a notar que cada pedalada me costaba más de lo normal. No podía ser el cansancio, ya que acabábamos de empezar. Además hacía un ruido raro. Paramos a ver qué pasaba, y Guillermo, bastante más experto que yo en el mundo de las bicis, vio que los frenos estaban tocando las ruedas.
Intentamos arreglarlo sin éxito, así que decidimos quitar los frenos de las dos ruedas, dando la casualidad de que en ese momento llegó la primera bajada importante. Me bajé, claro, de la bici, y la empujé en lo que podía haber sido la primera inyección de adrenalina.
Volvimos a poner los frenos, por el bien de mi integridad física, pero éstos seguían rozando. En ese momento no tenía muy claro que fuéramos a llegar a Santiago, pero al rato nos encontramos con un hombre al que pedimos ayuda. Nos solucionó el problema y pudimos continuar.
Imaginaros mi moral extra tras poder montar sin hacer un esfuerzo sobrehumano. El resto del día transcurrió sin problemas, incluso nos echamos la siesta en Ítero de la Vega. Eso sí, al llegar a Carrión de los Condes, lugar en el que pasamos la noche, estábamos reventados, sin poder dar ninguna pedalada más, y preguntándonos cómo haríamos para sobrevivir al día siguiente.
El primer albergue estuvo bien. Era religioso, cómodo, y tenía una canasta que por supuesto utilizamos para tirar un rato (no mucho rato). Y en cuanto a dormir… yo me desperté bastantes veces debido a los ronquidos, muelles y demás ruidos que había en la habitación.
Pasadas las 6 todo el mundo estaba en pie. Incluso una monja preguntó a dos peregrinos si estaban enfermos por seguir en la cama a las 7:30. Guillermo y yo, tras un desayuno delicioso, empezamos la segunda jornada a las 8:00. Nuestro objetivo de aquel día era llegar a León, en un total de 95 km.
En las dos primeras horas, en un tramo muy cómodo realizado por carretera, recorrimos 40 km. Antes de comer ya llevábamos 76. Faltaba muy poco, así que pensamos salir pronto y llegar también a pronto a León, donde además estaban de fiestas.
Demasiado optimistas estábamos cuando, a muy poco de llegar, la edad de mi bici se dejó notar de nuevo. Tres pinchazos en apenas diez minutos y la cubierta totalmente destrozada nos hicieron desesperarnos un poco, morirnos de calor y replantearnos el sentido del Camino. Llegamos a León tarde y como pudimos, con la suerte de que pinchamos en una ciudad importante donde podría arreglar mi bici.
Llegamos de nuevo a un albergue religioso al que nos obligaron a asistir a una misa. Pero antes fuimos a ver León, que estaba llena de gente, de atracciones y de espectáculos por la festividad. Me dejó una muy buena impresión.
Tras la misa, de nuevo me llegaron los problemas del dormir. Nos apagaron las luces a eso de las 22:45, y antes de las 23, el hombre que dormía debajo de mí ya se había dormido. Y no solo eso, roncaba con una gran fuerza y una constancia sorprendente. Si por lo menos nos hubiera dado tiempo a los demás…
Lógicamente tardé mucho, mucho en dormirme. Lo conseguí, pero al rato me desperté, ya que una peregrina llegó a eso de las 4 al albergue. Peregrina que, ignoro por qué razón, puso su despertador a las 5:13 y se marchó.
A las 6:01 encendieron las luces. Yo tenía demasiado sueño. Desayunamos en el propio albergue y tuvimos que ir empujando las bicis hasta Carrefour a las 7 de la mañana en León, con todo el frío que eso representa. La tienda no habría hasta las 10, así que tiramos las esterillas en un césped que había por allí y nos dormimos. Guillermo fue al Mercadona, volviendo con avituallamiento. Sin el sueño y sin la comida no hubiera podido hacer los kilómetros que hicimos ese tercer día.
Pero de nuevo, con la bici en perfecto estado, tuvimos una energía extra. Fue una etapa cómoda hasta que nos acercamos al final, en donde había que subir continuamente. Además, al haber empezado tarde (a eso de las 11) a pedalear, se nos hizo el día un poco pesado. Un grupo de tres peregrinos a bici nos adelantó. No queríamos dormir en la calle, así que hicimos un esfuerzo que pagamos al día siguiente, les adelantamos, llegamos a Rabanal del Camino de nuevo muy cansados. Pero con albergue.
Esa tarde vimos cómo España lograba su primera victoria en el mundial. Y por la noche dormí algo mejor, aunque de nuevo con algunos problemas por la cantidad de ruidos.
La semana que viene...el desenlace.